Vivir eternamente…

1 agosto, 2019

Como todas las noches desde que me mudé aquí, ella me esperaba sentada en los escalones de la entrada del edificio fumando un cigarro. Se había convertido en una rutina un tanto extraña pero agradable al mismo tiempo; la única diferencia a todas las veces anteriores era que yo me había preparado para el encuentro «casual». Un par de cafés y una cajetilla de cigarros eran más que suficientes para acompañar las charlas efímeras que siempre entablábamos y las cuales ella parecía disfrutar.

Al acercarme hacia la entrada ella siempre se quitaba sus audífonos, tomaba una última bocanada de su cigarro y me decía con un tono sarcástico:

—¡Vaya, hasta que te dignas a aparecer!

Pero esta vez no lo hizo así. En lugar de su típica expresión solamente exclamó un Hola de una manera un tanto indiferente; fría, por decirlo de algún modo. Había algo muy extraño en ella, el brillo innato de sus ojos parecía haberse esfumado por completo…

—Hola —respondí—. Te compré un café. No es como el que tú preparas pero… Bueno, es algo.

—No hay problema… —respondió, con la misma frialdad con la cual me había saludado. Después, tomando mi antebrazo, exclamó—: ¿Entramos? tengo mucho frío.

Las escaleras parecían no tener fin. Ella caminaba con la mirada perdida, casi como por inercia.

Quise abrir la puerta con cuidado, tratando de no derramar el café, pero ella ya había sacado las llaves de la bolsa de mi chamarra sin que yo me diera cuenta. Abrió la puerta, me cedió el paso y entramos. De manera casi automática nos dirigimos a la sala, dejé el café sobre la mesa y saqué los cigarros de la bolsa de mi pantalón. Ella, sin dudarlo, tomó un cigarrillo y lo encendió. Después de un largo e incomodo silencio, me miró fijamente a los ojos y con una voz muy rígida, preguntó:

—¿Quieres vivir eternamente?

Su pregunta me resultó extraña ya que, aunque siempre hablábamos de cosas sin sentido, su actitud era completamente diferente a la de otros días.

—¿Qué quieres decir? Sabes que eso es algo imposible y ahorita no estoy de humor para tus juegos mentales. Siempre quieres burlarte de mí con tus preguntas… —respondí, sin darle mucha importancia, pero antes de que pudiera terminar la oración, ella me interrumpió:

—Dime, si tuvieras la oportunidad… ¿Te gustaría vivir por siempre? —me observaba con una mirada profunda. Sus ojos, de color miel, siempre han sido mi parte favorita de su rostro; pero esta vez me resultaban un tanto incómodos.

-—Tal vez… Sinceramente nunca había pensado en algo así… —traté de responderle de la forma más seria posible.

—Bueno —susurró, dando un sorbo a su café y después continuó—. Para lograrlo, tienes que comenzar a morir hoy mismo.

Siendo sincero, sus palabras me dejaron pensando.

—Espera, ¿te sientes bien? ¿Acaso te pasó algo? No has vuelto a comer de los panes que Claudia prepara, ¿verdad? —le pregunté. Ella me miraba en silencio y solo se interrumpía para fumar su cigarro. Tras unos segundos de silencio, atiné a preguntar—: ¿El doctor te mencionó algo sobre…?

—No exactamente —me interrumpió, dejando caer la ceniza del cigarro en el suelo—. ¿Sabes? Creo que la razón por la cual venimos a este mundo es esa, a morir para vivir eternamente.

—Estás asustándome, de verdad. No entiendo nada de lo que me dices —exclamé, con un gesto irritado. Cuando ella vio que encendía un nuevo cigarrillo hasta mis labios para encenderlo, ella tomó mis manos entre las suyas y continuó:

—Claro que me entiendes, y creo que no me has comprendido —respondió, con un tono melancólico—. Mira, lo único que tenemos seguro en esta vida es la muerte, ¿estás de acuerdo? —asentí mientras ella me soltaba, de inmediato encendí el cigarro, ella me miró con tristeza y continuó—: Muy bien. En esta vida es importante… Bueno, más bien es nuestro deber dejar una prueba de nuestra existencia en este mundo, a eso me refiero con vivir eternamente. Hay personas que pretenden escribir un libro, plantar un árbol o ascender en sus trabajos diarios y monótonos; pero esas son solo vanalidades, lo único que pretenden es sentirse más que los demás, pero eso no sirve de nada pues la forma más fácil de dejar una prueba de tu existencia es con los detalles más pequeños…

Se detuvo un momento para dar un sorbo a su café, yo la miraba absorto. Era la primera vez que la escuchaba hablar de esa manera tan calculadora y directa, con una perfección metódica en sus palabras.

—Esos detalles —continuó, apagando su cigarrillo—. Son de lo más simples que te puedas imaginar. ¡No necesitas querer cambiar al mundo! Simplemente mira tu alrededor todos los días; ayuda a quien lo necesite, comparte lo que tengas, agradece por las cosas que tienes y que, probablemente, los demás no poseen. Nunca veas por encima de la gente y mucho menos por debajo, siempre mira de frente, sin bajar la mirada y sin ser soberbio… Conviértete en una persona justa. Cuando lo hagas, ten por seguro que la gente te recordará; probablemente no recuerden tu nombre, pero recordarán lo que alguna vez hiciste por ellos y, probablemente, llegarán a hacer lo mismo por alguien más… Entonces, así vivirás eternamente.

Al terminar de decir estas palabras estalló en llanto y se sentó en el piso.

—Ya no llores, por favor. No sé qué sucede, pero sea lo que sea lo resolveremos —dije, abrazándola y tratando de consolarla.

—¿Eres idiota o qué te pasa? —gritó, todavía llorando. Ahí estaba su verdadero yo; boca de pirata y mucho temperamento pese a su corta edad—. El doctor ya me dijo que te estás muriendo y tú muy a gusto fumando… —se alejó de mí y siguió llorando más fuerte.

—¿Cómo fue que te lo dijo? —pregunté, haciéndome el tonto y maldiciendo mil veces al médico por romper el juramento hipocrático.

—¿Importa? Te vas a morir, no hay solución —me miró con tristeza, pero también con furia contenida. Ya había dejado de llorar—. Ahora tenemos solo cinco meses…


Deja un comentario