Sacrificio

8 agosto, 2019

Fueron dos los hombres que tuvieron un sueño que, para nuestros estándares, podría considerarse revelador. El primero era un pastor cristiano que estaba entregado completamente a su fe; tenía una familia modelo y vivía en una comunidad en la que todos se apoyaban y daban lo mejor de sí hacia los demás.

Como era de esperarse, este hombre soñó que caminaba a la orilla de un río por el cual corría agua cristalina; el calor era agradable y las nubes ofrecían la sombra necesaria para que los rayos del sol no lastimaran su vista. Observaba en todas direcciones y miraba fascinado la vida de los pescadores desarrollarse con toda calma, hasta que, de entre la multitud, apareció un hombre frente a él; era alto, barbado y su mirada transmitía paz. El pastor quedó maravillado ante aquella presencia.

—Hijo mío —exclamó aquel hombre, con voz firme pero dulce—, de cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso —el pastor, al borde de las lágrimas, se arrodilló ante aquel hombre e intentó besar su túnica. Sin embargo, el hombre barbado lo levantó con delicadeza y continuó—: Pero para eso deberás hacer una ofrenda. Toma ahora tu hijo, a quien amas, llévalo al techo de tu vivienda y ofrécelo allí en holocausto.

El pastor enmudeció, su rostro de felicidad se tornó sombrío y triste.

—Pero… Señor, yo no puedo… —alcanzó a murmurar el pastor. Aquel hombre barbado lo miró con ternura y le dijo:

—¿Acaso dudas de tu señor? —el pastor no dijo nada, simplemente bajó la mirada—. Deberás entregarme a tu hijo, así tendrás una larga vida y podrás disfrutar de los frutos que ahora estás cosechando. Tu hijo estará bien pues, aunque ande en valle de sombra de muerte, no temerá mal alguno; porque yo estaré con él. Estaré en espera de tu ofrenda, tienes solo veinticuatro horas…

El pastor observó a aquel hombre alejarse y perderse entre la multitud. Después, asustado y bañado en sudor, despertó de golpe. Miró a su esposa junto a él y después corrió sin hacer ruido hasta la habitación de su hijo, quien dormía plácidamente sobre su cama.

Por otra parte, el segundo hombre era una persona más corriente que común. Típico borracho de banqueta que disfrutaba sobajando a su esposa y maltratando a todo aquel que se le pusiera enfrente; sin embargo, era un excelente padre y estaba orgulloso de su hijo.

Como era de esperarse, este hombre soñó de la misma forma que muchas otras noches; recorría un valle en tinieblas irradiado por una débil y fría luz azul, mirara hacia donde mirara solo podía observar seres deformes con piel podrida y cayendo a pedazos, esqueletos por doquier y un rio rebosante de cadáveres, custodiado por grandes figuras a las que no se les reconocía ninguna forma humana.

Fue desde aquel río pestilente que la figura de una mujer descarnada salió de entre las aguas y los cadáveres, solo para detenerse frente a él.

—Este es el destino que te espera —exclamó aquella mujer, su mandíbula apenas se mantenía unida al cráneo gracias a algunos girones de piel. El hombre la miró, horrorizado—, pero tal vez exista alguna salvación para ti —la mujer acarició el rostro del hombre con sus manos esqueléticas—. Si no quieres terminar como todos nosotros deberás ofrecernos a tu hijo en sacrificio. Tendrás que llevarlo al techo de tu casa y lo dejarás ahí. Entonces estarás libre de este destino que a cada momento se acerca más.

—¡Eso jamás! —exclamó con firmeza el hombre. La expresión de la mujer se tornó aún más desencajada de lo que ya estaba.

—¿Acaso crees que no podemos tomar simplemente a tu hijo y llevarlo con nosotros? No seas tonto, tú hijo no pasará la eternidad con nosotros porque él está libre de culpa… Pero tú no, tú estarás aquí —el hombre sintió un tirón en su pantalón y, cuando volteó a ver, lanzó un gritó de terror al mirarse a sí mismo reptando en el suelo, desfigurado y podrido. La mujer, sin inmutarse, continuó—. Ese es solo uno de tantos destinos que tendrás aquí. Si no quieres pasar toda la eternidad de esta forma ya sabes qué hacer. Tienes solo veinticuatro horas.

En cuanto terminó de hablar, la mujer y todo a su alrededor se convirtió en silencio y oscuridad. El hombre tuvo la sensación de caer al vacío y, cuando despertó, notó que estaba en el suelo, junto al sillón en el que había dormido.

Ambos hombres pasaron el día pensando en aquel extraño sueño, pero realizaron su rutina de forma normal; el pastor ofreció sus servicios como todos los días, mientras que el borracho se la pasó todo el día en la cantina, pues estaba de vacaciones.

El sol comenzó a ocultarse en el horizonte y ambos hombres, casi al mismo tiempo, sintieron una terrible ansiedad y un horrible temor.

El pastor se preguntaba por qué el Señor tendría que ponerle una prueba tan difícil, dudaba de sus acciones y pero se tranquilizaba un poco al recordar a Abraham. Mientras tanto, el borracho solo podía pensar en la imagen que tenía de sí mismo, torturado en aquel infierno.

Cuando ambos hombres llegaron a su casa, la rutina fue la misma de siempre pero, cuando todos se fueron a dormir, cada uno de ellos caminó hasta la habitación de su respectivo hijo. El pastor miraba a su hijo dormir tranquilamente, mientras que el borracho miraba como su hijo había tratado de trabar la puerta para que no pasara.

Ambos pensaron el futuro que les esperaba a ellos y en el futuro que truncarían a sus hijos. Fue entonces que, casi al mismo tiempo, ambos hombres subieron al techo de sus respectivas casas, miraron al cielo y esperaron que pasara lo que tuviera que pasar…

Orbitando la tierra, casi a la misma altura que la Estación Espacial Internacional, Ghkor observaba dos de los monitores que estaban en el panel de control; sacudió el apéndice que le servía como cabeza y activó el rayo tractor. Miró como los hombres eran convertidos en un haz de luz y subidos a la nave. Pensó que ya no podría llevar a dos terrícolas jóvenes como la institutriz de su hijo había solicitado, pero se tranquilizó pensando que tal vez podrían hacer la misma práctica de disección en especímenes adultos.


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